Pienso, luego digo - 28 de marzo de 2019

                Alguna vez que casualmente he tenido en mis manos el programa electoral de cualquier formación política, he tratado de hojearlo un poco por encima,

confieso que nunca me ha interesado leer detenidamente lo que en él nos contaban porque todos me parecían lo mismo y siempre he tratado de contemplarlo como ese contrato que los políticos establecen con el pueblo al que demandan su confianza, un compromiso de lo que van a hacer durante el tiempo que van a dirigir nuestros destinos.

                Lamentablemente, he podido darme cuenta de la grandeza que puede llegar a tener un simple folio de papel, que es capaz de soportarlo todo, porque en él suelen quedar recogidas cada una de las promesas que con el paso del tiempo se van quedando en papel mojado.

                Pero es algo que no debe extrañarnos, porque tenemos el callo necesario y estamos acostumbrados y sabemos que muchas dignidades, carecen por completo de esos principios que acaban por convertirlas en vulgaridades y siempre habrá un argumento que pueda resultar convincente y si no se encuentra, es tan sencillo como echar la culpa a los demás de cada uno de nuestros incumplimientos.

                Por eso, cuando vemos la noticia de la dimisión de alguien que no ha sido capaz de cumplir lo que prometía, algo que para cualquiera de los mortales puede llegar a ser normal, se convierte en una novedad y en algo que llena los titulares de cualquier medio de comunicación con grandes letras.

                Es cuando nos ponemos en el lugar de quien ha tenido la valentía de asumir su fracaso y por dignidad y coherencia presenta la dimisión y se marcha para su casa reconociendo que es incapaz de poder cumplir lo que un día prometió.

                Lo entendemos porque en nuestra labor diaria, estamos sujetos a un trabajo y a unos resultados y cuando no se llegan a cubrir los objetivos que se planificaron, el puesto de trabajo del que dependemos corre el riesgo de perderse.

                Ha resultado muy gratificante leer que el primer ministro de Finlandia y todo su gabinete de gobierno, han presentado su dimisión en bloque al verse incapaces de llevar a cabo algunas de las promesas que habían formulado al pueblo, no eran capaces de poder cumplir el contrato que habían establecido y adoptaron la postura más honesta y más lógica que cabe en estos casos, que es dejarlo todo y marcharse a su casa.

                Seguro que mientras leemos esto, estaremos pensando en muchos de los que nos están gobernando en estos momentos, que para ellos no cumplir con su palabra no deja de ser una cosa menor porque lo han superado la primera vez que fueron elegidos, ahora se encuentran en otro nivel, juegan en otra división y cada uno de los actos con los que nos sorprenden, hacen que nos sonrojemos y sintamos vergüenza ajena.

                Da la sensación que el sentido de la honradez y de la decencia se ha ido diluyendo en la vida pública que algunos de los que se dicen sus servidores están practicando y salvo honrosas excepciones, es muy lamentable que tengamos que estar en manos de una incompetencia cada vez más creciente.

                Hay que tomar nota de las cosas buenas y desterrar las malas y el ejemplo que nos acaban de ofrecer los políticos de un pequeño país, no solo dignifican a los que las adoptan, también hacen que los que les han puesto donde se encuentran, se sientan orgullosos de los que un día eligieron, algo que desgraciadamente a nosotros ni nos ocurre y creo que difícilmente nos llegara a ocurrir.