Pienso, luego digo - de julio de 2019

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                Con demasiada frecuencia, tanta que nos hemos casi acostumbrado y lo digerimos como algo normal,

cada vez es más frecuente que quienes llegan a esa cúspide del poder y para conseguirlo han ido dejando de lado sus vergüenzas, cuando se instalan en él, enseguida sienten esa inmunidad de sentirse intocables, se ven como nuevos dioses a los que nada ni nadie va a pedirles cuentas nunca.

                Esa inviolabilidad hace que cada vez con más frecuencia sientan como propio lo que es de todos y ellos se encuentran allí solo para hacer un buen uso de lo que se les ha cedido, pero la codicia hace que vayan saliendo los instintos más perversos y como se sienten como nuevos dioses, no asimilan el status al que han llegado, no se dan cuenta que solo se encuentran de paso y hacen de su capa un sayo y se dedican a conseguir ese fin por el que tanto han luchado, que no es otra cosa que su lucro personal y ser más que los demás y no suele pasar nada.

                Pero el pueblo en el fondo, no es tan tonto como ellos se han podido llegar a imaginar y se indigna con determinados comportamientos, esta indignación hace que vaya brotando el cabreo para llegar a rebelarse contra todo lo que piensa que no es correcto y busca la forma de remediar el error cometido.

                Entonces es cuando van surgiendo los nuevos profetas, esos que van destacando en el pueblo y con su verborrea llegan a convencerle que solo se pueden remediar determinados males cercenándolos de raíz, reemplazando el tumor para que no se expanda y de paso a una metástasis irremediable.

                El pueblo va confiando en los nuevos profetas que saben vender como pocos las virtudes que tienen y les va poniendo en ese pedestal que van buscando para que sean los nuevos dioses que van a traer la paz y la felicidad a todos y les entrega de forma incondicional su confianza, porque todo cuanto han predicado es lo que necesitan para ir mejorando cada día un poco más.

                De nuevo el ciclo de la insana perversión comienza a ponerse en movimiento y cuando los nuevos profetas acceden al olimpo, lo primero que hacen es abrir las ventanas para que se ventilen esos espacios de poder que han estado demasiado tiempo cerrados.

                Se producen situaciones que no resultan tan desconocidas, como ese nuevo profeta que llega a su templo acompañado de su churri para que ésta pueda ver lo importante que desde ese momento va a ser, bueno que van a ser, porque todo lo que ahora se encuentra ante sus ojos va a ser de los dos y no solo se conforman con abrir las ventanas, también es necesario cambiarlo todo, no se puede seguir con la misma imagen que antes había, aunque para ello haya que hacer dispendios más o menos importantes, porque ahora ellos son los dueños de la situación y algo deben tener esos sillones de poder que desde que se sentaron en ellos ya se van transformando y de ser unos servidores de lo público, se convierten en amos de lo que debería ser de todos.

                Ese afán de nuevo poder, no pueden sentirlo ellos solos y es necesario compartirlo con los más allegados para que sientan envidia de la situación en la que se encuentran y la churri va grabando todo lo que habría que cambiar, sin escatimar en gastos ante el asentimiento del profeta que ya se va sintiendo como uno de los nuevos moradores del olimpo.

                De poco sirve saber que tu status ha mejorado si no lo saben los demás y ahora es fácil llegar a todo el mundo, porque basta un clic con el dedo para que todos puedan envidiar la situación en la que te encuentras.

                Resultan vergonzosos algunos comportamientos, pero pensándolo bien, es algo normal a lo que deberíamos estar acostumbrados, porque en lugar de buscar entre los más sabios nos dejamos embaucar por la incompetencia y la vulgaridad que saben muy bien cómo engatusarnos con esas palabras que solo ellos saben pronunciar para que causen el efecto deseado.

                De todo ello, al final solo nos vamos a conformar con unas palabras de lamento por lo ocurrido, pero no son por lo que se decía, sino porque se haya sabido lo que se decía y eso sin que todavía se comience a gestionar la nueva responsabilidad asignada, solo nos queda ponernos a temblar cuando se comience en serio a disponer de los recursos que hemos puesto en manos de la incompetencia.

                Pero sigue sin pasar nada, porque para eso ellos se encuentran en el olimpo y los demás solo tenemos el recurso del pataleo y por supuesto, al final pagar a escote los platos rotos.