Pienso, luego digo - de julio de 2019.

                Se asegura que la esencia de la democracia radica y se sustenta en el pueblo y son los ciudadanos los que tienen la verdadera fuerza, por medio de su voto que es el que puede poner y quitar aquellos a los que entrega su confianza, o no son merecedores de ella.

                Es la teoría que se pone sobre el papel y ya sabemos que el papel soporta todo lo que sobre él vayamos poniendo, pero la realidad siempre suele ser algo distinta y si lo analizamos detenidamente, nos daremos cuenta del valor real de un voto, el nuestro, que no sirve para casi nada o para muy poco.

                Porque ese voto no se lo podemos entregar a la persona que nos inspire más confianza o que pensemos que tiene mejores dotes que los demás, tenemos que entregárselo a una lista que previamente algunos han confeccionado en función de sus intereses que muy pocas veces suelen coincidir con los de los que somos gobernados.

                Imaginando que a quien hemos entregado nuestra confianza, consigue la mayoría de los avales que los ciudadanos les asignan, tampoco significa que ese a quien todos consideramos el más idóneo para que nos represente, sea el que va a gobernarnos, porque entonces entran en juego esos intereses de quienes de verdad lo controlan todo y van jugando con la confianza del pueblo hasta que se consiga lo que es mejor para ellos.

                Esos juegos de poder, son los que van repartiéndose cada una de las diferentes áreas que resultan más beneficiosas para sus intereses, los cuales muy pocas veces coinciden con los de una mayoría de los que vamos a ser gobernados.

                Entonces es cuando nos damos cuenta del poder real de nuestro voto, que es prácticamente nulo, porque los que de verdad tienen el poder, no van a cederlo por nada del mundo y utilizan todas las triquiñuelas que podamos imaginarnos para retenerlo.

                Las recientes elecciones de los que van a gobernarnos los próximos cuatro años, son un claro ejemplo de este juego de tronos, en los que lo que prima no es casi nunca el interés general, ese que tanto pregonaron cuando nos vendían cada una de sus virtudes, suele primar ese sillón que da acceso directo a ese trono que era lo que todos estaban buscando.

                Cuando se recuentan los avales, no es relevante que no se obtengan los que se esperaban, porque ellos se encargarán de retorcer la voluntad popular, tergiversar los resultados en función de sus intereses, aparcando los deseos populares sin importar las promesas hechas, porque seguro que caen pronto en el olvido.

                Resulta completamente ilógico que alguien en el que el pueblo no confía, porque así lo han determinado los votos que ha conseguido relegándole a la última posición de los que el pueblo podía desear y con un apoyo muy minoritario de apenas un porcentaje ínfimo de la población, por estos juegos torticeros de quienes manejan los hilos, sea el que al final se erige como nuestro representante, ese que no hemos querido, es el que vamos a tener que soportar durante los próximos años.

                Siempre he creído en los valores de la democracia y que la soberanía se encuentra en manos del pueblo, pero viendo casos como estos, nos lleva a reflexionar sobre nuestras convicciones y llegamos a la conclusión que algo no funciona del todo bien, porque carece de lógica y cuando las cosas, vemos que no funcionan, si no luchamos por cambiarlas, acabaremos convirtiéndonos en cómplices necesarios del sistema.

                Al final nos damos cuenta que el valor de nuestro voto no es el que le hemos dado cuando lo depositamos con ilusión, sino que es el que le dan aquellos que son los que al final lo manejan todo, hasta los valores que nos pertenecen.